Posteado por: depaloapalo | mayo 5, 2011

El cazador de mariposas

Por Pablo Colmegna

Marcos Simigliani no se destacaba por ser un maestro bajo los tres palos. De estatura mediana y brazos cortos daba más la impresión de ser un trabajador de ferrocarriles que un jugador de fútbol.

Simigliani era además el arquero de la Primera del Club Social y Deportivo Resistencia de Chaco, equipo que militaba en la liga del Noreste. La verdadera pasión del guardameta era la caza. Como todo hombre de campo solía agarrar su rifle y se internaba en la selva chaqueña. Sin embargo, lejos de los peligrosos animales que habitaban allí, y en una cancha de fútbol, Simigliani encontró una nueva especie, que para él, sería una pasión: la caza de mariposas.

El estadio de Resistencia se ubicaba a pocos kilómetros del puente interprovincial General Belgrano, que dividía Chaco de Corrientes, su cancha estaba a orillas del Paraná, por lo que la flora y la fauna eran un espectáculo digno de ver, sobre todo en verano. Las arañas que tejían redes en los arcos, eran literalmente arañas y una picadura de ellas podía llegar a provocarle a los jugadores la muerte, como ocurrió en 1965 con el veterano wing izquierdo, Obdulió Camané, quién no llegó a tiempo al hospital y murió por una picadura de una tarántula venenosa cuando festejaba un gol convertido, por él mismo, debajo de una de las metas.

Las mariposas se presentaban en el terreno a lo largo del año, de diversos colores y tamaños. Simigliani se hacía un festín, ya que era todo un maestro en el arte de atraparlas. Utilizaba todo tipo de métodos: desde lanzas armadas en forma casera con puntas de aluminio hechas con tapones afilados de botines, hasta el uso de su viejo revolver suizo modelo 1882, que había sido un regalo de su bisabuelo paterno italiano Giovanni Simigliani, uno de los primeros en asentarse en tierras mesopotámicas a fines del siglo XIX. El arquero se guardaba el arma bajo su pantalón de arquero hasta que una tarde de septiembre, con los primeros calores de la primavera, le acertó  un preciso disparo a un ejemplar amarillo que sobrevolaba la medialuna. El uso del revolver le costó caro al portero, quien tuvo que penar con 25 fechas de suspensión. Sin él en el equipo, Resistencia salió del descenso y llegó a la última fecha con posibilidades de salir campeón, justo la jornada en la que Simigliani volvia a estar habilitado para jugar.

Increíblemente, Simigliani retornó al puesto como titular. El motivo era claro: el entrenador del equipo, Ruben Juárez era un empresario pesquero muy poderoso de la zona y le importaba más el negocio que el deporte. Fue él, el que llamó a los medios de Buenos Aires para informarles que el arquero “cazamariposas” emprendía su regreso a los tres palos. Ni bien fueron informados por Juárez, los periodistas porteños emprendieron los 971 kilómetros hasta Resistencia para ver su regreso. Además, al club le entraba mucha plata de publicidades zonales por el solo hecho de tener a Simigliani entre los once. Era un negocio redondo.

Por la trigésimo octava fecha, Resistencia se jugaba de local la chance de obtener el primer título de su historia. Simigliani, por su parte, evitó hablar con la prensa en la semana previa. El quería quedar en la historia del club pero por haber ser el arquero campeón. Sin embargo, sabía a la vez lo díficil que era resistirse si se le aparecía un lepidóptero. De la otra vereda, el equipo misionero de Garupá, tricampéon de la liga y que venía invicto, con sólo empatar se llevaba su cuarto título al  hilo.

Los que los medios y entrenadores funcionales al sistema querían que pase, finalmente pasó en los minutos finales, con el partido a favor de Resistencia por 1 a 0, y con el título en la palma de la mano…

No recuerdo si el centro del volante central de Garupá llegó desde la izquierda o desde la derecha, pero sí recuerdo que fue bombeado, alto, con mucha gente a cargar. Esos envíos que a los arqueros les duelen, y mucho.

Fue ahí cuando todos vimos una mariposa enorme, de color negro, con vestigios azules y algunos pequeños y casi imperceptibles lunares blancos flotando, sola, mansa, en el punto del penal a dos metros y medio de altura. Algunos creyeron que era un ave de río de la zona, de esas que vienen y se comen a las mojarras, que de vez en cuando pescan un bagrecito un poco más grande, pero no.

Simigliani no lo pudo evitar, lo tenía todo preparado. Sacó de la media de arquero de su pierna derecha una caña de no menos de 30 centímetros que se camuflaba con la canillera mientras desde su calzoncillo, y con una rapidez sorprendente sacó una redecilla con forma de pequeño mediomundo, que quizás fue parte de algún trasmallo de pescador. La enganchó a la caña mediante un mosquetón y fue a buscar  aquel mariposón entre la montonera de jugadores que se encontraban en el área.

Mientras el delantero misionero, Claudio Duradinha conectaba  de cabeza y le daba el cuarto título al hilo a Garupá, la tragedia había invadido a Marcos Simigliani desde dos ángulos. No solo acaba de fallar en el  centro que terminó en  el gol de los visitantes, tampoco había podido cazar esa mariposa que ahora se escapaba a todo vuelo por las orillas del Paraná.

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