Posteado por: depaloapalo | agosto 3, 2012

La atajada de todos los tiempos

¿Puede un arquero relacionar una atajada suya que quedará en el recuerdo de todos con una historia de amor?  A través de una carta, un guardameta semi profesional del pasado, un veterano de los tres palos del presente, regresa en el tiempo para intentar encontrarle una explicación de cómo hizo para quedarse con su Atajada de todos los Tiempos.

Por Pablo Colmegna

Ya sé que hoy en día después de tantos años en el barrio muchos creen que me quede con la atajada de todos los tiempos. Todavía hay quienes el día de hoy me encuentran por la calle o por el bar del club y me dicen Marquitos vos sí que te quedaste con la bocha más difícil eh. Yo me río por dentro mientras trato de explicarles que fue de casualidad, que intervenciones así te salen o se dan una sola vez en la vida. Muchos piensan que lo hago solo para no dar indicios de soberbia.

Ahora que me pongo a indagar en los resquicios más profundos de mí ser, mientras los empiezo a redactar,  recuerdo muchas atajadas en mi carrera como arquero del Provincial. En mis memorias están los dos penales detenidos en las semifinales del 93 ante los de La Providencia. El mano a mano al hijo de Don Roque que después se fue a probar suerte a Italia, ahora creo que se quedo a laburar con los tanos y es entrenador de divisiones inferiores. Hasta logro conseguir transportarme al día en que me animé a patear un penal en el clásico contra Los Aromos. Íbamos ganando 1 a 0 y faltando dos minutos, el árbitro Gutiérrez nos dio una pena máxima. Te juro que me animé, que no dudé, igual que con vos. Esa semana justo había tenido a mi viejo internado en el hospital y tenía el bocho en otro lado. Ese gol fue para él. Todavía tengo en la cabeza la imagen de la pelota reventándose bien arriba de los tres palos, chocando con furia contra la red en el centro del arco y el grito mezclado con las lágrimas reprimidas durante las horas previas por los momentos sufridos con mi padre y por sobre todo, recuerdo el afecto recibido  de mis compañeros de ese entonces, con quienes nos fundimos en un abrazo de esos que son abrazos de verdad.

Los chicos del Provincial le acaban de ganar a Los Aromos en una nueva edición del clásico. Han pasado seis años de mi retiro como arquero semi profesional. Tras los saludos con algunos ex compañeros de la época en que nos poníamos los botines (ahora lo hacemos pero con la excusa perfecta para comer un asado en las canchitas del anexo) y algunos saludos con miembros de la comisión decido volver a casa. De regreso, por las calles del barrio, caminando tranquilo en esos típicos atardeceres de domingo cálidos de Octubre realizo una alusión a la  perfección de mi mejor intervención jamás realizada. Es entonces cuando me animo a  escribirte estas líneas en donde quizás entiendas el por qué de manifestar mis sentimientos a través de este anticuado medio, en tiempos de mails, mensajes de texto y hasta del novedoso whats app. Creo a veces que me he quedado en el tiempo, a pesar de que todavía no me quiero considerar un veterano. También creo que el puño y letra siguen siendo para mí, el canal más claro para expresarme. Si, definitivamente vuelvo a releer estas líneas y creo haberme quedado en el tiempo.

Comienzo a rememorar uno a uno los momentos sin dejar escapar el más mínimo detalle. Vos entrando al bar del club con tu padre, Martín Amaya, el presidente del Provincial por esos tiempos. Vos y tus ojos negros penetrantes y tu cabellera castaña oscura suelta al viento, única. Vos y tu perfume al pasar cuando saludaste con mucha timidez y respeto a los integrantes del equipo incluido a mí. Vos y la imagen de mis compañeros sin poder entender como nunca esa mujer había estado por esos pagos. Vos y nuestro primer encuentro entre ambos tras dos meses de la primera vez que nos vimos, en un baile organizado por el club para recaudar fondos. Vos y yo en el momento en que me animé a sacarte a bailar. Vos y yo en el momento que me confesaste que nos íbamos a casar en unos años. Vos y yo cuando después de años de novios nos casamos efectivamente. Vos y yo hoy después de pasar años a tu lado.

Es el día de hoy que te lo vuelvo a jurar, en mi existencia voy a entender como hice para quedarme con vos, tan jodida que venía la mano, era una derrota asegurada, de esas que ya sabes que no hay vuelta atrás ¿Viste cuando estás jugando un partido, quizás no logres comprenderme, pero en el cual sabes que ya no hay nada por hacer y no sabés ni cómo ni en qué momento lo terminás sacando adelante? Bueno así me sentí cuando me quedé con vos y terminamos ganando los dos.  Tan jodido que era tú viejo que me tenía entre ceja y ceja y que le costó tanto aceptarme. Tan jodido fue que aceptes salir a tomar algo después de mis al menos 135 (exagero, habrán sido alrededor de 60 o 70) intentos en un lapso de 5 meses donde insistí hasta el hartazgo y donde admito que hubiera merecido un corte de rostro o hasta un cachetazo de tu parte por lo insoportable que fui. Porque no fue simplemente que te saqué a bailar y nos casamos. Nada de eso. Al principio creo que aceptaste bailar conmigo por una cuestión de respeto, porque era jugador del equipo de tu padre, pero después no me querías ni ver. No sé qué te habrá convencido de mí, una especie de oso de 1, 85 metros, con cejas muy pobladas, ojos como platos y una nariz incipiente. Creo o al menos intento y sigo sospechando hasta el día de hoy que siempre supiste que mi única intención era tenerte en mis brazos, asegurarte, abrazarte y decirte sos mía, no te vayas nunca, no te escapes que nos quedamos juntos hasta el final.

El árbitro mira el reloj. Nos observamos mutuamente a la distancia, yo desde mi lugar en el mundo, el área, y el colegiado en el centro del campo, con el silbato en la boca y mirando el cronómetro que le indica que ya puede terminar la cuestión. Voy a sacar fuerte y arriba y voy a esperar que mientras el balón vuele por el aire, el juez pite el final. Acabo de realizar la atajada de todos los tiempos. Vos elegiste quedarte conmigo a pesar de lo difícil que venía el asunto. Yo logré quedarme con vos.

Marcos Ortazún y Delfina Amaya se casaron en 1998, tras dos años de noviazgo. Hoy llevan 14 años de casados. Marcos se retiró como jugador del Provincial en 2006. Hoy es entrenador de arqueros infantiles y trabaja en un Banco.  

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