Posteado por: depaloapalo | septiembre 4, 2012

La camiseta del superhéroe

¿Puede que al ponerse una determinada camiseta un jugador sienta un poder especial que le permita hacer posible lo imposible? El fútbol, a veces trasciende contextos y realidades, y es capaz de hacernos emocionar hasta puntos insospechados. El caso del mediocampista Agustín Pelletieri, quien fue al arco por la expulsión de De Olivera en Racing y le atajó el penal a Gastón Caprari de San Martín de San Juan es una clara demostración empírica de que en el deporte de la redonda las sorpresas nunca van a terminar de sucederse.

Por Pablo Colmegna

“¿Y ahora qué hacemos?” pensé en ese momento. Me quiero matar. No puede ser que tengamos tanta mala suerte. Tanto que luchamos por llegar acá. Si no hace ni dos años que jugamos en la Liga y ahora tenemos la chance de ascender por segunda vez consecutiva. Pero no, el destino siempre incomprensible del fútbol parece surgir como una especie de candado para trabar y cerrar las ilusiones de una nueva conquista.

Lo acaban de echar al Mono, un arquerazo señores. Un tipo único por su solvencia para atajar, por su presencia y por ser dueño de una personalidad única capaz de transmitirnos a los de campo esa sensación de que la pelota no va a entrar nunca. Lo acaban de echar a dos minutos del final y con el título delante de las narices.

Esa tarde parecía ser una más del Mono, igual que cuando un año antes ascendimos de la C a la B y nuestro arquero tuvo épicas atajadas para mantener el 1 a 0 en la ida cuando jugamos de locales. Allá viste como son ellos, los de Florentines. Si no te ganan por las buenas, te ponen a un árbitro amigo, te ponen la planchita, te cagan a patadas, te cagan a trompadas, te van a buscar al hospital del pueblito y te vuelven a cagar a trompadas, en conclusión te cagan a trompadas feo. Pero no, con el Mono fue distinto. Si esas bestias lo aplaudían cuando salimos de las duchas para ir a festejar con los nuestros. En realidad primero escapábamos de ese reducto horrible para salvarnos de ser lastimados y después si para celebrar, pero con el Mono fue distinto. Si hasta vino el garca del presidente, ese tal Anchorena, que la tiene toda, a felicitarlo y a decirle que con jugadores de su talla la derrota era aceptada como tal.

El Mono para nosotros era además de nuestro capitán, una especie de superhéroe terrenal. En el transcurso del campeonato ya se había empezado a hablar de que lo venían a buscar de equipos grosos. De que muchos representantes buscadores de vidas, ratas inmundas,  máquinas excavadoras profesionales de hacer dinero con futbolistas, lo telefoneaban seguido y le comenzaban a proponerle oportunidades en instituciones de prestigio. “Tranquilos, tiempo al tiempo. Tengo 25 años y acá soy feliz. Cuando termine el campeonato hablamos” repetía el Monito tanto a nosotros sus compañeros como a los periodistas de la zona que lo taladraban a peguntas. Claro, la bola se había empezado a correr y el guardameta se hacía cada vez más conocido. Sin embargo, el Mono estaba tranquilo. Como para no estarlo. Económicamente la familia estaba bien parada con su campo  y él era Ingeniero Agrónomo recibido recientemente. Qué carajo le iba a importar dedicarse a la vida del fútbol a esa edad y con su brillante currículum universitario.

Pero el fútbol, contaminado hasta  límites insospechados hoy en día sigue o al menos intenta seguir siendo un deporte hermoso. “Me pico el bichito. Quiero ver de qué se trata esto del fútbol profesional. Fernández (su flamante representante) me consiguió una prueba en Central y no quiero desaprovecharla” nos había manifestado en la semana previa a las finales ante Arroyo Seco. De esta manera, primero los jugadores, después el cuerpo técnico y después el resto del pueblo sabía de antemano que después de los partidos definitorios el Mono iba a probar suerte a las grandes ligas.

El Mono no era ningún ser desconsiderado y mucho menos falto de memoria. Iba a jugar las finales como tal y más sabiendo que podía quedar en la historia de nuestro club por haber logrado dos ascensos consecutivos en el lapso de dos años. Él fue uno de los que empezaron con este proyecto de afiliarnos a la liga y fue uno de los que se la banco hasta lo último entrenar martes, miércoles y jueves sin luz, sin agua caliente y con 8 pelotas cuasi infladas y desgajadas.

Mis elogios al Mono se sustentan en lo que se atajó en el partido de ida. Mantuvimos el 0 a 0 solo gracias a él. Con el pecho, con la cara, con los pies, con las manos por supuesto. Todas, absolutamente todas se tapo esa bestia. Cuando iban 44 del segundo tiempo la coronó con una doble atajada, primero en un tiro libre que no sé como la vio, si estaba más tapado que yo entre las sábanas, cuando mis amigos me invitan a salir un sábado a tomar unas birras al bar y mi señora, que me tiene en la palma de la mano,  me clava una mirada asesina para que, rápidamente, conteste mi negativa a través de un mensaje de texto. Después se levantó y cuando la pelota había quedado boyando en el área chica por el rebote se le tiró encima a un defensor de ellos y se la sacó con la cara. Se levantó chorreando sangre de la nariz y mientras los médicos intentaban limpiarle la herida el nos gritaba algo así como “¡Agarren el rebote la concha de su madre!”.

En la vuelta, con un estadio repleto de hinchas nuestros y de ellos, nos pusimos rápido en ventaja con un golazo del cabezón Saldivia y eso nos tranquilizó. Pero en el segundo tiempo nos tiramos atrás, algo lógico porque ellos tenían un equipazo, creo que mucho mejor que el nuestro. De a poco comenzaron a llover los pelotazos hacia el área nuestra desde todos los sectores del campo de juego. En un momento, lleno de nervios, recuerdo haberle preguntado al profe cuantos minutos faltaban “Quedan 15 dale Chiqui” fue la respuesta del banco. Acto seguido, Juan Cruz Álvarez, media punta de los contarios hizo estrellar la pelota en el travesaño. Yo estaba fusilado, arrastraba una contractura en el gemelo derecho y no podía más. Pero habíamos hecho los tres cambios por diversas lesiones y cuestiones tácticas y ya no había más opciones: aguantar hasta los 90 porque futbolísticamente y físicamente no podíamos más.

A los 43 minutos de la etapa final, Ricardo Carranza, volante de Arroyo Seco, ingresó al área por la banda derecha tras desparramar a dos defensores del equipo, amagó a rematar con la diestra ante la marca de Julio Alameda, un pibe de 18 años que hacía sus primeras armas y enganchó para definir de zurda, su pierna hábil al palo derecho del Mono que lo esperaba agazapado con sus brazos largos y sus manos gigantes para impedir la conquista.

Carranza siguió su carrera ya sin rivales encima dentro del espacio penal para enfrentar al Mono y cuando el portero le salió, el hábil mediocampista enganchó hacia afuera. El Mono quedó lejos de la jugada y lo bajó sin contemplaciones cuando el empate estaba por concretarse. Penal para ellos y roja para el Mono por último recurso. La tribuna de los visitantes se venía abajo. Los nuestros apenas si podían creer lo que acaba de suceder. Para colmo de males las estadísticas no nos ayudaban. Ellos habían ganado cuartos y semifinales a través de definiciones por penas máximas (con el empate ibamos a la definición por penales). Nosotros no teníamos experiencia.

El técnico ni dudo y me mandó al arco en el lugar del Mono. Todos los que me conocen entienden el porqué de mi apodo y vos supongo que también: Chiqui. Mido 1, 94 centímetros y probé con todos los deportes ideados para gente con mis atributos físicos. Básquet, Voley, Rugby (creo considerarme un gran segunda línea) pasaron por mi adolescencia plagada de hermosos recuerdos en el viejo club “San Martín”. Sin embargo, mi pasión de las pasiones es el fútbol y jugar de mediocampista central  mi lugar en la cancha y en el mundo. Nuestro entrenador sabía que resignaba un tipo alto para evitar los embates aéreos finales pero a su vez entre toda la secuencia para que se patee el penal (tardó aproximadamente cinco minutos en ejecutarse) y mi gemelo a la miseria era mejor que haga mis últimos esfuerzos tratando de hacer lo más chico posible el arco a la hora de enfrentarme cara a cara con Miguel Suárez, el delantero de Arroyo Seco, goleador del campeonato con 24 conquistas.

Vuelvo a repetirte que el cagazo se me pasó apenas me puse la camiseta de arquero. Sé que muchos deben haber pensado que estaba totalmente asustado a pesar de, que como vuelvo a repetirte, mi porte de patovica de boliche no permite o no debiera permitirme asustarme ante estas situaciones. La verdad es que  antes de ponerme la remera del Mono no podía y a la vez intentaba discernir el motivo de tener que terminar una final bajo  los tres palos.

Con el paso del tiempo algunos, basándose en teorías psicoanalíticas atribuyeron una especie de capacidad encubierta de arquero reprimida hasta ese entonces en mi persona, tras taparle el penal a Suárez que nos dio el triunfo y el ascenso. Otros pensaron que en realidad todo fue una estrategia del entrenador en ponerme a mi lesionado para aparentar una supuesta debilidad y resignación antes del disparo desde los doce pasos. Hasta se divulgó una foto en internet contextualizada en los años 90, con un supuesto falso yo con guantes y un buzo de arquero colorinche a lo estilo “Goycochea” en la previa de un partido que creo nunca haber jugado.

Quizás caiga en la redundancia nuevamente pero tengo que reiterarte a vos, que gentilmente viniste a hacerme la nota, lo mismo que digo desde aquel día. Para mí la clave de haber atajado el penal consistió en haberme puesto la camiseta de arquero del Mono. Esa camiseta completamente  negra, ajustada al cuerpo, con el escudo del club en el pecho, el número 1 en la espalda, nombre completo y apodo del arquero: Claudio “El Mono” Galarraga.

Por supuesto que ahora esa camiseta es mía. Siempre que la veo jodida en el fútbol me acuerdo de la casaca y sobre todo del Mono. Esos recuerdos me hacen creer en lo posible aún cuando la situación pinta jodida. Igual que en los momentos previos antes de atajarle el penal a Suárez, el goleador de Arroyo Seco.

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