Posteado por: depaloapalo | mayo 5, 2013

No tan distintos

Gentileza: Nos Digital

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Durante todos estos años siempre estuve muy seguro de lo que había pasado, sobre todo por como era el Oso. Sin embargo, había días donde mi cabeza dejaba entrar la posibilidad de que el hecho hubiera estado estrictamente atado a la casualidad. Quizás, quien te dice fue una cagada que se mandó el defensor distraído pero te juro que recuerdo con lujo de detalles aquella noche fría y húmeda de un jueves de junio que dio comienzo a una nueva vida, al menos una nueva vida futbolística, para mí y para muchos más. Nos íbamos eh, no había ni una mínima posibilidad de escapar del descenso. Los dirigentes ya no aparecían por los entrenamientos desde hacía mínimo tres días atrás. Creo que la pelea entre nuestro entrenador y el Vasco Arrengoechea había terminado por partir una relación que solo esperaba al descenso para que el director técnico vuele de una patada en el culo.

Los barras menos que menos se aparecían. Al principio nos puteaban, nos apretaban, nos sacaban guita  y otras jugarretas sucias a las que estaban y están acostumbrados a hacer en todos lados pero hacia mínimo dos semanas que no se aparecían, solo nos mandaban a la concha de su madre desde la tribuna. La última cachetada dura que sufrimos fue cuando le bajaron el comedor a Josecito González, un ocho rapidito que no llegaba al metro sesenta. Después nada más.

Y así, en la soledad, en aquella semana que recordaré como una de las más silenciosas y tristes en mí carrera como futbolista y mientras llegaba a las 7 partidos sin convertir (contando los entrenamientos por supuesto) ocurrió lo impensado: volví a ver la red inflada la pelota en el fondo del arco y volví a vivir por supuesto. Me acordé lo que significaba ser felíz.

¿Por qué recuerdo aquel gol de entrenamiento después de tanto tiempo sin marcar? Porque creo entonces que no fue casualidad que a partir de ese tanto iba a encabezar una racha goleadora en el club que me iba a precipitar a lo más alto de su historia.

Faltaban 5 minutos para que termine la práctica. Aburrido 0 a 0 entre los que íbamos a salir a jugar el sábado a dar la cara y comernos la mayor cantidad de goles posibles, agachar la cabeza y buscar un nuevo club, y los suplentes. Nuestro arquero, el Oso Talavera, quizás nuestro mejor jugador de aquel pobre equipo, quiso salir jugando de abajo con uno de los defensores, quien se resbaló producto del rocío intenso de la noche en aquel campo de deportes del Gran Buenos Aires y me dejo la pelota servida en el borde del área.

Mirá el cagazo que tenía que en una práctica, que aún sabiendo que iba a ser titular ni la paré, la agarré como venía mordida, al medio, horrible y sin dirección. Sin embargo ocurrió lo impensado. Mi débil disparo le pasó por debajo del cuerpo al Oso y fue a parar al fondo del arco. “Cagamos, si se equivocó este que nos queda”, escuché de fondo a un compañero. Algo raro me olía en toda esta cuestión. Si el Oso no se equivocaba nunca. Me fui al vestuario y le pregunté qué había hecho en la jugada. “Se me escapó Juan, mientras que no me pase el sábado”, me contestó. Sabía que me mentía. El Oso era de las personas más buenas que había tenido como compañero. Honesto, justo, leal. Con verle la mirada sabía que me estaba mintiendo.

Llegó el sábado y ganamos 2 a 0. Metí los dos goles y nos salvamos del descenso porque La Providencia perdió 4 a 0 y nos quedamos por diferencia de gol. Fue una fiesta. Pasamos a ser los héroes del pueblo. En una semana dejé de ser el muerto que jugaba arriba a ser uno de los más queridos. El Oso se atajó la vida y un poco más aquella tarde, fue clave para aguantar el partido. Mis dos goles fueron bien de goleador. Estuve en el momento justo e indicado.

Lo cierto es que a partir de entonces nunca volvimos a pelear un descenso. Hemos salido campeones tres años seguidos y muchos jugadores hemos quedado en la historia del club. Entre ellos, el Oso y yo. Si hay algo que recordaré para siempre es que cada vez que andaba con el arco torcido, el Oso me daba una ayudita en las prácticas. Aunque por supuesto siempre me lo negaba. “Es que si querés vos podés, es todo mérito tuyo” me mentía descaradamente. Yo como siempre lo mandaba a la mierda. Fueron mis mejores años de mi carrera y los más felices. Después vino Europa y nuestras vidas se separaron. Lo volví a cruzar cada vez que nos invitaron a fiestas recordando equipos históricos y he ido a ver muchos partidos cuando el agarró al equipo en la temporada 92-93.

Una tarde de 2010 me enteré que el Oso estaba grave. Su corazón ya no era el mismo por su amor incondicional al cigarrillo y dos infartos eran la demostración clara y precisa de que las cosas no andaban bien. Sin dudar fui a la clínica a visitarlo. Cuando entré lo vi y no lo reconocí. Ojos hundidos, mirada triste, como anticipando el final. Lo abracé con tanto cuidado que temí que se desarmase ahí mismo. Hablamos de fútbol, como siempre, de viejos recuerdos, esos que se sabe que ya no van a volver. En un momento recordé aquellos “goles” que metía de vez en cuando en los entrenamientos y entonces le largué mi vieja pregunta que todavía no tenía respuesta

-Oso, decime la verdad. Siempre te dejaste hacer goles en los entrenen amientos para que yo llegase motivado a los partidos ¿No?- Pregunté.

El Oso, se mantuvo en silencio, me miró fijamente y volvió a repetir aquella frase que me dejó otra vez sin una respuesta concreta.

-Ya te dije Juancito, en los entrenamientos a mi no me iba muy bien. Lo bueno es que no me pasaba lo mismo en los partidos- respondió.

Seguimos hablando un rato más de quien sabe cuántos temas hasta que llegó el momento de dejar la sala de visitas. Después de otro abrazo interminable y cuidadoso, y mientras caminaba de frente para abrir la puerta de la habitación de la clínica, el Oso por fin desembuchó la verdad. Y lo hizo con tal convicción y claridad que me hizo recordar a cuando nos cagaba a pedos a todos desde los tres palos.

-¿Sabés por qué te dejaba hacer un golcito cada vez que venías mal Juancito? Porque yo me podía atajar la vida durante los 90 minutos, pero si vos no la metías estábamos en el horno, no había ningún otro nueve como vos, a pesar de que por esos días no le hacías un gol a nadie. Pará, pará, no te calentés que te estoy jodiendo. Mirá si no hubieras hecho la cantidad de goles que hiciste a lo largo de toda tu carrera. Te aseguro que no hubiera sido lo mismo, ni para vos, ni para mí, ni para el equipo. Además, te digo más, la única manera de hacerme un gol era si me lo dejaba hacer. Pará, pará en serio, no seas boludo y no te calentés que ya pasaron muchos años-  soltó el Oso y río por primera vez en la charla.

Sus ojos pequeños y débiles por un corazón que ya no quería seguir trabajando más se iluminaron por primera y quizás por última vez. Falleció esa misma noche a los 61 años tras volver a sufrir un infarto.

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